Catequesis

Yo creo que dejé de creer en Dios tempranamente, gracias a la catequesis. Nos daba clases una catequista joven, Olga, con aparatos y los labios siempre cortados. Pero era amable. Las clases eran en una sala de una casita humilde de las “Casas Baratas” (Can Peguera). A mi lado una niña muy nerviosa se mordía las uñas. Un día fui sin lápiz y ella me dejaba uno. Me daba asco cogerlo, estaba repleto de babas porque sus dedos siempre estaban en su boca.

Una vez por semana, venía a la clase un cura horrible, larguirucho y terrorífico a los ojos de una niña. Estaba medio calvo, su piel transparentaba de delgado, la boca era gigantesca y los dientes casi no le cabían dentro, de lo inmensos también, como rocas amarillas, erosionadas por el agua del mar. Leía textos sagrados y luego nos hacía preguntas apuntándonos con el dedo. Se enfadaba muchísimo si nos equivocábamos. Yo temblaba y rezaba, entonces sí rezaba, sólo para que aquél monstruo no me señalase a mí. Odiaba todo en él y miraba a Olga buscando amparo. Sé que a ella tampoco le gustaba aquel tipo por la manera de mantener los brazos cruzados y el ceño fruncido mientras el bicho estaba allí. Y lo peor era cuando pronunciaba la palabra en volumen atroz “Cafarnaum”. Estirando el UMMMMM. Era como un grito salido de una cueva. Dios no existía ni dentro ni fuera de aquella sala.

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